Hoy, en el Día Nacional del Escultor y de las Artes Plásticas, la figura de Lola Mora vuelve a levantarse como una oleada que no cesa. Cada año su nombre resuena distinto: más nítido, más profundo, más nuestro. Porque Lola no es solo la autora de unas cuantas obras célebres; es una grieta luminosa en la historia cultural argentina, una mujer que obligó a un país entero a mirarse en el espejo de su propio pudor.
En su infancia norteña, entre sequías, silencios y costumbres inamovibles, ya asomaba una inquietud que no encontraba molde. Viajaría años después a Roma, donde la piedra se volvía casi carne, donde los talleres olían a polvo blanco y paciencia infinita. Allí aprendió a escuchar al mármol como quien escucha a una voz familiar, descubriendo que cada bloque podía guardar una verdad que necesitaba nacer.
Cuando regresó al país, volvió distinta. Más fuerte, más clara, menos dispuesta a inclinar la cabeza. Buenos Aires no estaba preparada para ella. Y sin embargo, la necesitaba. La Fuente de las Nereidas llegó como un terremoto estético y moral: un cuerpo femenino expuesto sin vergüenza, sin permiso, sin la obediencia que tantos esperaban. Fue corrida, ocultada, criticada, casi desterrada. Pero aun así persistió.
Hoy sigue allí, en la Costanera Sur, desafiando al tiempo, repitiendo un mensaje que ya no es escándalo sino legado: la belleza no pide permiso para existir.
Pero Lola fue mucho más que ese episodio icónico. Fue una creadora incansable que dejó huellas en Tucumán, Jujuy, Rosario, Salta, Buenos Aires. Busto por busto, alegoría por alegoría, tejió un mapa de símbolos que hablan de justicia, progreso, libertad y memoria. Su obra respira una ternura secreta, un gesto de humanidad que no siempre se reconoce en el mármol.
Su vida también tuvo quiebres, riesgos, búsquedas. Se alejó del arte para explorar inventos, industrias, ideas que parecían adelantadas a cualquier época. Porque Lola nunca dejó de ser movimiento, búsqueda, inquietud. Una fuerza que empuja desde adentro hacia afuera.
Hoy, al recordarla, sentimos que algo de esa energía sigue girando en torno nuestro. La piedra no es inmóvil: cuida, sostiene, acompaña. Y en cada aniversario como este, la obra de Lola Mora nos invita a mirar con más coraje, a crear sin permiso, a defender la belleza incluso cuando incomoda.
El mármol se vuelve palabra. Y el país, al nombrarla, vuelve a aprender quién es.